jueves, 7 de octubre de 2010

Puente de Roma.






La chica encapuchada caminaba cabizbaja y muda. Ni siquiera la corriente del río conseguía sacarla un suspiro, ni las luces, ni la calle, ni el puente. Nada. No había manera. 
La chica llegó al sinuoso borde- algo húmedo y resbaladizo- tras callejear por las abarrotadas calzadas romanas, y estiró su brazo izquierdo, con la palma de la mano abierta de par en par.
Si no hubiera sido por el levísimo movimiento que su pausada respiración infligía en su pecho, cualquiera la hubiera tomado por una estatua más de Roma... o simplemente, ni se habrían percatado de su presencia; como le era habitual. Sin embargo, una mano abierta tendida hacia ningún lugar en cuestión, llama un tanto la atención, ¿no?
La gente de a pie se paraba unos instantes a su alrededor para observar tal extrañeza. Quizá fuera un truco de magia, quizá quería saltar, quizás esperaba que alguien se la estrechara... quizás- solo quizás.
Una gota de agua se resbaló por la punta seca de la rama del árbol, justo en la palma de la chica. Inmediatamente y en menos tiempo del que nuestro ojo es capaz de asimilar una imagen, la muchacha cerró el puño. 
La gota estaba en sus manos. El río desbordaba infinidad de ellas, pero la suya, estaba en su mano. Sólo ella se había parado a fijarse en ésa precisamente. Por eso, era especial.
Diez segundos más tarde, los más jóvenes- especialmente otras niñas de su edad o similares- abrieron sus puños, enseñando sus palmas desnudas. Al parecer, también querían que el cielo les lloviera algún capricho.

...Quizá se piensen que imitando a alguien consigues sus mismos resultados. 
Quizá es que la gente sólo actúa cuando alguien lo hace primero.
¿Envidia? ¿Miedo? 
Más bien ambas juntas. Tenemos tanto miedo a veces que no nos fiamos ni de nosotros mismos; no obstante, cuando vemos que otro ha conseguido nuestro ahora no tan lejano objetivo, nos inunda una luz de fe, aunque bueno, hay quien lo llama así, yo prefiero llamarlo envidia, que para eso tenemos un vocabulario tan extenso y polisémico. 
Casi nadie se para hoy en día para ayudar a quien nos tiende la mano -desgraciadamente. Sin embargo, somos los primeros cobardes que pedimos auxilio cuando nos vemos entre la espada y la pared.
Así sólo conseguiremos que la gente buena acabe por mancharse en una guerra que no es la suya. Que pierdan paulatinamente su bondad. Su nobleza. Su "muchedad".

Porque, ¿cómo vivir sin corromperse en un mundo de corruptos?

Podemos coger el puente de frente hacia la corrompida sociedad del siglo veintiuno, o en su defecto, decantarnos poco a poco por el puente inglés.

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